viernes, 18 de abril de 2025

La Pluma del Arcángel de AUP

Arturo Uslar Pietri

(Caracas, 1906 - Caracas, 2001)


La pluma del arcángel

Los ganadores

(Barcelona: Seix Barral, 1980, 190 págs.)


      Aquí tengo la pluma del arcángel. Es blanca y extraordinariamente larga. En la parte más ancha la disposición de los filamentos forma como un ruedo traslúcido. Ya está un poco amarillosa de tiempo. La punta del cañón cortada en chaflán conserva la mancha seca de la tinta con la que escribía Gabriel.

       Nada pasaba ni había pasado en el pueblo hasta que llegó el nuevo telegrafista. Yo fui uno de los primeros en conocerlo. Había comenzado con su antecesor, en las horas que me dejaba libre el colegio, a ayudar a pasar en limpio los telegramas. Con mi excelente letra inglesa, tan perfilada y clara, copiaba, del cuaderno en que el telegrafista escribía, los mensajes a las hojas amplias, encabezadas por el escudo nacional y por dos haces de rayos, los doblaba, los ponía en su sobre y los entregaba al repartidor.

       Era la única forma de comunicación rápida que había. Lo demás era el camino de recuas, formado de polvo, barro, laderas peladas y precipicios. Una raya estrecha de tierra rota en el lomo ondulante de la sierra. El autobús tomaba días para llegar dando tumbos de pueblo en pueblo. Las recuas no parecían llegar nunca.

       Cuando murió el telegrafista hubo varios días como de ahogo. Se estaba cortado de la capital, de las otras ciudades, de las manchas de gente regadas en aquellas leguas sin cuento de montes y llanos y pasos de río. Hasta que llegó Gabriel.

       Gabriel me impresionó mucho desde su llegada. Era flaco, inquieto, de pelo muy negro, con una raya de bigote recortado. Cuando no estaba recibiendo en el aparato Morse, se asomaba a la ventana a ver pasar a los transeúntes y me acribillaba a preguntas sobre el pueblo. “No me digas señor Vilano, dime Gabriel, eso basta”. “A ti, yo te voy a llamar Lazarillo. Aquí yo soy un ciego y eres tú quien me va a guiar”.

       Saltaba de un tema a otro. Preguntaba por una persona y luego pasaba a contar algo que le había sucedido antes de venir al pueblo, que tampoco terminaba porque se quedaba callado o cambiaba de asunto. “Este pueblo parece muy aburrido, ¿verdad?”.

       Asomado a la ventana veía los pocos vecinos que pasaban por la calle. Los que asomaban a los portones entrecerrados, los que iban a la casa de gobierno, los que se detenían a la puerta del abasto y botillería de Gravina, las señoras que iban a la iglesia, tocadas con mantillas de encaje, y los que desfilaban al trote de un fino caballo pajarero rumbo a algún campo. “¿Quién es ése?”. Yo me asomaba. “Ese es Don Elias, el dueño de Santa Rosa. Una gran finca cerca de aquí”. El Gobernador pasaba a horas fijas en su automóvil, levantando polvo. No se le distinguía sino el gran sombrero de Panamá y los bigotazos. Junto al chofer iba un guardia y a su lado alguien que le hablaba y lo hacía reír. “¿Y quién es ese que va siempre con él?”. Le explicaba quién era. El amigo y confidente del Gobernador, su hombre de confianza y socio en trácalas.

       Por la tarde aparecían las mujeres de clase alta. Las que salían en grupo hacia la plaza de la Iglesia y las que abrían las ventanas para sentarse, muy puestas, a ser saludadas por los paseantes.

       “¿Quién es ése? Ese joven lleno de colgajos y adornos. Parece un santo en procesión”. Yo le explicaba. Era el hijo del Gobernador. Sus íntimos lo llamaban Nacho. Ignacio. Tenía el mejor automóvil, los mejores caballos, los trajes más vistosos. Cuando tenía que pagar algo sacaba un mazo de billetes y lo tiraba sobre la mesa. Lo acompañaba un grupo de amigotes que todo se lo reían y aplaudían.

       “¿Y la muchacha? ¿La vestida de azul?”. ¿Quién no la conocía? Era la niña Fina, la hija de Misia Margara. La muchacha más bonita del pueblo. Iba con su madre y con otras amigas hacia la iglesia. El hijo del Gobernador le hablaba gesticulando y haciendo aspavientos en medio del coro de sus acompañantes.

       “¿Es su novio?”. Yo no sabía. Nacho enamoraba a todas las muchachas del pueblo, no había ventana donde no se parase a hablar con alguna joven, no había fiesta en que no acosara a alguna con sus burdos avances. No le teníamos simpatía a Nacho.

       Dos veces al día yo debía entregar los telegramas al repartidor, cerca del mediodía y ya al final de la tarde. Nunca eran muchos. Un pequeño paquete de sobres blancos, que casi todos iban dirigidos a las cuatro o cinco calles principales que rodeaban la plaza mayor. Después, terminado el trabajo, podía irme a mi casa.

       A poco de llegar Gabriel me ocurrió la primera sorpresa con él. Había llegado un mensaje en la mañana en que le comunicaban a la vieja señora Rodríguez que una hermana suya había muerto en la capital. Era una familia numerosa. Hijos casados, sobrinos, cuñados. Algunos se habían marchado del pueblo. Estaban en otras poblaciones lejanas o en la capital. Cuando recibió el mensaje Gabriel me estuvo preguntando quiénes eran, qué hacían, dónde vivían. Yo le expliqué con detalles todo lo que sabía de aquella familia. Por la ventana le enseñé la casa de la madre que quedaba al final de la misma cuadra. Una casa tranquila con dos ventanas verdes cerradas y un portón entreabierto.

       “Espérate”, me dijo cuando le iba a entregar el telegrama al repartidor. “Ven a ver”. Nos asomamos a la ventana y me señaló la casa. “¿Ves algo?”. No se veía nada de particular. No entraba, ni salía, ni asomaba nadie. “Todo está quieto y seguirá quieto, hasta que llegue ese papel”. Yo no comprendía. “Cuando llegue ese papel todo va a cambiar”. Durante el resto de la mañana continuó asomándose para mirar hacia la casa de los Rodríguez.

       “Sigue tranquila, fíjate. Vamos a dejarla tranquila todavía otro rato”. Gesticulando y a grandes pasos me decía desde el centró del cuarto: “Yo soy el que va a decidir cuándo todo va a cambiar”. Al comienzo de la tarde le entregó al mensajero ese solo telegrama. Me llamó para que lo acompañara a la ventana. Iba siguiendo los pasos del repartidor y describiéndolos en alta voz como si yo no los estuviera viendo igualmente. “Allí va. Le falta todavía. Ya llega a la puerta. Ya entró. Ya debe estar tocando en el entreportón. Debe haberlo entregado”. Pasó un rato que pareció largo. “Salió. Viene de regreso”. Agarrado a los barrotes de la reja miraba con fijeza. “Mira ahora. Fíjate bien. Ahora todo va a cambiar”.

       Poco después, con pasos apresurados, salieron de la casa dos mujeres que parecían huir y que se separaron en la calle. Una entraba y salía rápidamente en las casas vecinas, la otra cruzó por la primera esquina. “Ahora vas a ver. No te distraigas”. Muy poco después, de las casas vecinas, de las bocacalles, salieron, solos o por parejas, hombres y mujeres que enfilaban hacia la puerta de la casa de los Rodríguez. “Ves ahora”. Gestos de prisa, caras compungidas, mujeres con pañolones negros, cada vez en mayor número, iban entrando por la puerta. Gabriel se frotaba las manos. “Hasta que no llegó el papel. ¿Viste? Hasta que no mandamos ese pedazo de papel”. Estaba exaltado. “Hemos podido mandarlo antes y todo esto habría ocurrido esta mañana. O podríamos tenerlo todavía aquí y nada estaría pasando en esa casa. ¿Te das cuenta?”.

       Desde ese día comencé a ver a Gabriel de otra manera. La casa de los Rodríguez estuvo llena de gente toda la tarde y la noche. Entraban y salían personas vestidas de negro. Yo miraba de reojo a Gabriel. Era como si él hubiera hecho todo aquello.

       Cuando no tenía que hacer se paseaba mientras leía un libro. De pronto daba unos pasos cortos y rápidos sobre la punta de los pies, como si tratara de escalar el aire. Esto lo pensé más tarde.

       Cuando empezaba el martilleo del receptor y brotaba la cinta blanca marcada con los puntos y las rayas, suspendía la caminata y observaba el aparato. “Ese es un mensaje importante”, me decía. “¿Cómo lo sabe?”. “Por el sonido. Yo los distingo”.

       A veces, mientras transcribía los signos, yo aprovechaba, con disimulo, para mirar el libro que había dejado sobre la mesa. Eran siempre libros pequeños, amarillos, sucios y deslomados, llenos de rayas de lápiz y de frases al margen. La cuestión social, Justicia y pan, Palabras de un combatiente. A veces me sorprendía con su mirada reconcentrada. “Eso no lo puedes leer tú todavía. No podrías comprenderlo”. Tomaba el libro bruscamente y lo encerraba en una gaveta.

       Salía poco Gabriel. Entre la sala del aparato y el cuartucho donde dormía pasaba lo más del tiempo. Se asomaba a veces al corral y hacía piruetas colgándose de las ramas bajas de los árboles. O se estaba en la ventana o en el portón mirando pasar la gente. Iba a comer a una fonda cercana, apartado en una mesa, solo, sin entrar en conversación con ningún comensal.

       A veces me decía: “Este pueblo está dormido. ¿No te das cuenta? Habría que despertarlo. Todo cambiaría”. Por la tarde llegaba a la plaza el autobús de Los Bajos. Él se asomaba invariablemente para verlo llegar. Bajaba poca gente. Venía lleno de paquetes, cajas marcadas y algún saco de lona del correo. “Es todo lo que pasa aquí. La salida del autobús por la mañana, el regreso por la tarde. Esto tendría que cambiar”.

       “Éste hay que firmarlo de otro modo”. Había llegado, desde la capital, un telegrama del Jefe Supremo. Con su propia letra grande y angulosa escribió las palabras del mensaje pero cuando fue a poner la firma dejó el palillero con su punta de metal, se fue al cuartucho donde guardaba sus cosas y volvió con una extraña pluma blanca en la mano. “Esto hay que firmarlo con la pluma del arcángel”. Con mucha lentitud mojó la punta en tinta y trazó con sesgos rápidos y altos las letras de la firma. Una A como cabeza de flecha y, luego, en ángulo agudo descendente hasta el zigzag de la zeta final, el apellido breve y tajante del Jefe. “Es el poder. Para eso se requiere la pluma del arcángel”. Entonces la mostró, alzándola en la mano con un gesto solemne. “No se te ocurra tocarla”. Como si llevara un objeto sagrado volvió a la habitación a guardarla.

       Cuando tuve más confianza y cuando ya lo había visto repetir la misma escena cada vez que llegaba una misiva del Presidente, le pregunté sobre aquella curiosa pluma.

       Puso cara de disgusto. “Preguntas demasiado. Confórmate con ver y observar”. Después, como para atenuar su actitud, añadió: “Algún día te lo diré. Si te lo contara ahora no me lo creerías. Vendrá su tiempo. Es como si yo te dijera que vuelo. No me lo podrías creer”.

       Debió mirar el asombro y hasta el susto en mi expresión. “Cuando yo uso esa pluma para poner la firma del Jefe, no es por el Jefe, es por la potestad. No es él. Es ese nombre, esa palabra, que yo firmo como si me quemara. Para eso es la pluma del arcángel”.

       Cortaba la conversación y regresaba al mundo ordinario como si se transformara. Entre el martilleo de la máquina y las voces de los que pasaban por la calle.

       “Tú no sabes lo que es el poder”, me dijo en otra ocasión, cuando terminaba de transcribir uno de aquellos telegramas del Jefe Supremo. “Todo está en las manos de ese hombre. Todo depende de él”. Gabriel lo había visto, de lejos, alguna vez en la apartada ciudad donde se encerraba. Yo no lo había visto sino en fotografías de periódicos. Era aquel viejo de bigote blanco y mirada dura, vestido de militar. Eran muchos los telegramas que iban dirigidos a él. Gabriel los leía con detención, en alta voz. Le pedían ayudas de dinero, nombramientos para familiares, pasajes para viajar, le enviaban felicitaciones por algún aniversario, por algún suceso. Lo nombraban padrino de bodas y de bautizos. Las respuestas eran breves. Gabriel las transcribía en elaborados rasgos y luego buscaba la pluma blanca para poner la firma. Una firma como un lanzazo.

       El telegrama podía decir: “Puede venir”. Alguien iba a salir en volandas para la capital. O, de manera imprecisa: “Oportunamente resolveré su asunto”. Era aquel telegrama que envejecía arrugado en un bolsillo, que se mostraba varias veces al día a amigos y relacionados para pedirles opinión. Mientras pasaban los días sin que nada resultara. O era aquel breve mensaje al Gobernador. “Proceda a detener de inmediato a…”. Era aquel hombre empavorecido que una hora después iba a salir de su casa entre dos guardias para no volver en años o más nunca. “Eso es el poder, Lazarillo. Una cosa muy grande. Tú te das cuenta de lo que significa poderlo todo. Un solo hombre que lo puede todo. Con una palabra”.

       Yo lo veía con fascinación, como a un prestidigitador sacar palomas del sombrero y monedas de las puntas de los dedos. ¿Qué quería decir Gabriel? Hablaba como para sí mismo y no para mí. Pero era a mí a quien lo decía como si revelara un profundo misterio. “A ese hombre le basta con una palabra, con una sola palabra. Si dice “hágase”, se hace, si dice “no se haga”, no se hace. Todo lo puede. Lo único que no puede es resucitar a alguien… y sin embargo…”. Se quedó un rato pensativo como dudando entre decirlo o no. “Y sin embargo, gentes que estaban como muertas, desaparecidas de la vida en años y años de cárcel, sin que nadie hubiera vuelto a verlas, un día volvían a aparecer. Como Lázaro de la tumba. Para asombro de todos, se presentaban en su pueblo, en su casa, en su familia. Ya los demás casi ni se acordaban de ellos después de tantos años. La familia se ponía a llorar y a dar voces de sorpresa como si hubieran vuelto de la muerte. Eran como resucitados. Había bastado que el Jefe un día se le ocurriera devolverlos a la vida. ¿Te das cuenta, Lazarillo? Eso es el poder”.

       Una mañana se regó por el pueblo la escandalosa noticia. Yo la supe temprano. Por la noche, Nacho, el hijo del Gobernador, había raptado a la niña Fina. La gente lo comentaba en voz baja con temor. Hubo menos movimiento en la calle. Las pocas mujeres que entraban o salían de los zaguanes solitarios llevaban la noticia. Al Gobernador no lo vieron salir esa mañana. Raras personas se acercaron a la casa de Misia Márgara a inquirir. Era mejor no mezclarse en aquello. En cada rincón, en cada cuchicheo la escena cambiaba y se complicaba. Había llegado tarde en la noche. Acompañado de dos espalderos. Había sacado a la niña a la fuerza. Había quien lo había visto. El transeúnte tardío. El que vio arrancar un automóvil en la sombra, con la moza adentro, dando voces de auxilio.

       Cuando llegué a la oficina se lo dije a Gabriel. Parecía no entender. Tuve que repetírselo. “Sí. Nacho se llevó a la hija de Misia Márgara”. “No puede ser”. Entró en una furia silenciosa que lo tuvo reconcentrado y apartado todo el día.

       Entre comentarios y mudeces aquello nos duró horas. La casa oscura. Unas linternas sueltas. Un abrir de puertas hasta topar con la niña. Fina entre sábanas. Una mano que le tapaba la boca. Los gritos de Misia Márgara resonando. La salida con pataleos y empellones por el zaguán angosto. Misia Márgara tratando de sujetar a Nacho. La tiraron al suelo. El automóvil que arranca. Misia Márgara a medio vestir que sale a implorar al Gobernador. No la dejaron pasar los guardias. “Es mi niña”.

       Ahora, en el largo día, Nacho la tendría en alguna casa de hacienda de los alrededores. Ya la niña Fina estaría resignada y sumisa. Ya Nacho debía andar pavoneándose por los corredores delante de sus guardaespaldas. Hasta algún chiste soez habría hecho.

       Cuando ya me iba a marchar por la tarde me pidió que esperara un poco más. Se sentó a la mesa, escribió sin pausa un largo texto, fue a buscar la pluma blanca y estampó con fuerza la firma, “Ponle el sobre y llévalo”. Tuve que leerlo dos veces: “Mucho me complace que Nacho, su apreciado hijo, se case hoy mismo con la distinguida señorita hija de doña Márgara. Tendré especial gusto en ser el padrino. Su amigo”. Y al pie, como un tajo, la firma del Jefe. “¿Cuándo llegó esto?”. Gabriel, de pie, sonreía y se frotaba las manos. “Llévalo tú ahora mismo”.

       Salí con temor. Gabriel me observaba desde la ventana. Llegué al gran portón de la casa del Gobernador. Me detuvo la guardia. Entregué el telegrama y me tardé un rato antes de regresar. De pronto empezó a oírse la voz del Gobernador llamando a gritos. Llamaba a su esposa, a su secretario. Era una voz de ahogo. El guardia de la puerta me miró con malos ojos. Salí rápidamente y regresé a donde Gabriel.

       Nos pusimos en la ventana al acecho. Salían guardias de prisa y regresaban acompañados de algunos funcionarios conocidos. Más tarde vimos al Secretario y a otra persona salir violentamente en un automóvil. Ya oscureciendo regresó el automóvil. Nacho y Fina bajaron como dos presos.

       Nacho discutía con uno de los guardias. Gabriel parecía intervenir en la escena. Daba órdenes tartajosas como si los guardias estuvieran cerca de él para oírlo y obedecerle. La pareja desapareció por el zaguán. “Nos vamos a perder de lo mejor, Lazarillo. Qué caras habrán puesto todos”. A poco llegó otro automóvil con Misia Márgara adentro. Vestida de negro, llorosa, sonándose las narices con el pañuelo. Casi junto con ella aparecieron el cura y el alcalde. “Ya está”, decía Gabriel entre dientes. “Ya se están casando”. Imitaba la voz del alcalde: “En nombre de la República y por autoridad de la ley…”. Luego, con los gestos pausados del cura se volvió hacia mí, levantó los brazos litúrgicamente, dijo unos latinazos y trazó una cruz en bendición. “Ya se casaron”. Vino hacia mí y me apretó en un abrazo largo y tembloroso.

       Esa misma noche la noticia corrió por todo el pueblo. Un empleado de la Secretaría trajo al telégrafo un mensaje del Gobernador para el Jefe Supremo. “Me complace comunicarle que acabamos de celebrar el matrimonio de Nacho y Fina. Los dos agradecen su padrinazgo y piden su bendición. Su subalterno y amigo”.

       Por la mañana cuando llegué me enseñó el telegrama. Saltaba de contento. “¿Y ahora?”. “Ahora se guarda”. Lo metió en una carpeta del archivo.

       Ese día y los siguientes estuvo recorriendo el pueblo para recoger impresiones. Se acercaba a los grupos y oía los comentarios. No se hablaba de otra cosa que de aquel matrimonio inesperado. Nadie hubiera creído que Nacho tuviera que casarse así. Que el Gobernador hubiera tenido que improvisar aquella ceremonia atropellada. Se contaban detalles de equivocaciones y estallidos de mal humor.

       “Este hombre”. Así mencionaban al Jefe. “Con este hombre no se juega”. Gabriel se metía en la conversación a inquirir. Todos exageraban el asombro. A medida que avanzaba de grupo en grupo y de puerta en puerta se exaltaba más. A cada instante cruzaba sus miradas con las mías para medir la impresión que todo aquello podía haberme causado.

       El aire del pueblo cambió. Había como un nuevo temor y una nueva esperanza. Llegaban mensajes en abundancia para el Jefe renovando viejos pedidos. Había menos gente a la puerta del Gobernador pero en cambio comenzaron a aumentar los visitantes a la habitación de Misia Márgara. “Esto está cambiando, Lazarillo”.

       Ya desde el día siguiente la casa de la madre de Fina empezó a llenarse de visitantes. Con todos los pretextos y motivos. Felicitarla por la boda o pedirle la intercesión en algún asunto.

       “Vamos a ver eso”. Nos llegamos hasta la casa de la vieja señora.

       Cuando llegamos la casa estaba llena de visitantes. No era fácil llegar hasta Misia Márgara refugiada en su pequeña sala, rodeada de muchas personas que trataban de hablarle a un tiempo. Las otras habitaciones, el corredor y el patio parecían un mercado que desbordaba hacia la calle por el zaguán. Logramos deslizamos al interior. Eran gentes de todas clases. Viejas de pañolón, señores mayores de raídos trajes, empleados de la Gobernación, campesinos. Todos parecían alelados. “¿Ya usted habló con la señora?”. “No, todavía”. Se oía el rumor de las voces como un eco de coro. Algunos alzaban las manos con papeles escritos. “Aquí le traigo escrito lo que quiero”. Hablaban de escaseces, dolencias y presos. “Me dicen que esta señora es muy buena y que el Gobernador la quiere complacer en todo”.

       A medida que lentamente avanzábamos, íbamos oyendo y recogiendo. Pedían la libertad de un preso, la suspensión de una multa, el permiso para beneficiar una res, el regalo de una silla de ruedas, un puesto para el marido o para el hijo. Gabriel comenzó a anotar las peticiones en una libreta que había sacado del bolsillo. No le era fácil averiguar de lo que se trataba. Las explicaciones eran confusas. No se sabía bien quién era el preso, ni por qué lo estaba. “Pero fue que hirió a otro hombre”. “No señor, no es verdad. Dijeron eso para embromarlo. Él no hirió a nadie. Lo que hizo fue defenderse”. “¿Dónde lo tienen?”. Era en la calle de atrás, en el caserón mustio que servía de cárcel, en algún cuartucho enrejado, en el patio del fondo. Gabriel anotaba. “No se preocupe, eso se arregla”.

       Se le fue casi toda la mañana en oír y anotar las peticiones. Llegó al telégrafo por un rato para ver si había algún mensaje en la cinta. Era poco lo que había y sin importancia. Por la tarde volvimos a la casa de Misia Márgara. Había más gente a la espera. Al verlo llegar se precipitaron sobre él para entregarle sus papeles y explicarle sus casos.

       Retornamos tarde a la oficina. “Vente mañana temprano”, me dijo. “Va a ser un gran día”.

       Cuando llegué estaba sentado en la mesa escribiendo febrilmente hojas y hojas de telegramas. Tenía a un lado un montón ya escrito. A ratos miraba los apuntes que había tomado y redactaba más mensajes.

       Buscó la pluma blanca y se puso a firmar velozmente. Me los pasó. “Ponlos en los sobres y llévalos”.

       Mientras los doblaba los leía. Todos aparecían firmados por el Jefe. Eran órdenes de poner en libertad presos, de suspender multas, de entregar dádivas. Otros iban dirigidos a los propios solicitantes o sus familias anunciándoles las decisiones favorables que habían sido tomadas.

       Yo permanecí un rato con el paquete de mensajes en las manos sin saber qué hacer. Se dio cuenta y vino sobre mí arrebatado de furia. “¿Qué estás esperando?”. Decía que nunca había habido un día como aquel en el pueblo. Nunca más lo habría. Todos iban a obtener lo que esperaban. La dádiva, la libertad, el permiso. Todo iba a cambiar en un momento. “Nunca hubieran podido soñar con esto”.

       “Lazarillo, estás muy joven para entender, pero algún día te vas a acordar de esto y verás que es lo más grande que ha pasado en tu vida. Ve pronto a llevar esos telegramas”.

       Fue como un reguero de pólvora encendido. En cada casa en que entraba estallaban las voces. Anunciaban los libertados, los favorecidos. Salían a la calle a avisarlo a los amigos. En la Casa de Gobierno hubo una agitación nunca vista. A la puerta de la cárcel comenzaron a agolparse parientes de presos. Pequeños grupos, como de hormigas, se retiraban rodeando a un hombre barbudo y pálido al que agobiaban entre abrazos y apretones.

       Para el atardecer todo el pueblo estaba en efervescencia. Puertas y ventanas abiertas y gente que entraba y salía de las casas como si todo estuviera de fiesta.

       Acompañé al telegrafista hasta entrada la noche. Toda la población era una feria nunca vista. Yo sentía temor, pero miraba a Gabriel en una increíble calma. “Hasta mañana”, le dije. “¿Sabes qué día es hoy? Hoy es San Gabriel”.

       No hallé qué responder. Me marché con prisa y tomé una vía desusada para no pasar ante la casa del Gobernador. Se oían guitarras y cantos, y hombres y mujeres se abrazaban en las calles como si fuera Año Nuevo. Los de mi casa habían salido y yo me encerré en mi cuarto como para esconderme.

       Al día siguiente salí tarde. Noté que el ambiente había cambiado. No estaba Gabriel en la oficina. Recorrí la casa y comencé a sentir angustia. Salí apresurado a buscarlo en los lugares que frecuentaba.

       Pregunté en la estación de autobuses. No lo habían visto. Nadie pudo darme razón. Cuando volví al telégrafo encontré a varios hombres de la Gobernación que hurgaban los papeles y tenían todo revuelto. Me preguntaron por Gabriel. “No lo he visto”. “Tenga cuidado que esto es muy serio”, me dijeron. Antes de retirarme vi la pluma blanca sobre la mesa. La recogí con cuidado y me la guardé entre la camisa y el pecho. Es la que todavía tengo aquí. La pluma del arcángel, ¿verdad Gabriel?


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jueves, 16 de marzo de 2017

Discurso de Uslar


TOMADO DE ARTURO ÚSLAR PIETRI, ORACIONES PARA DESPERTAR, CARACAS: MONTE ÁVILA EDITORES LATINOAMERICANA, 1998., A LOS MILITARES VENEZOLANOS

Transcripción de las palabras dichas en el Auditorio de la Academia Militar en la ocasión de recibir la Condecoración «Orden Militar de la Defensa Nacional», el 27 de agosto de 1991.

Con profundo agradecimiento y dándole todo su valor, recibo hoy esta condecoración que la generosidad de los Jefes del Ejército Venezolano ha decidido atribuirme, y que yo recibo con sincera gratitud como un sello más y una comprobación más de mi indeclinable voluntad de servicio a la gran causa de esta Patria de todos, que tanto merece y a la que tanto estamos en deuda por hacer por ella.
Debo decirles que yo no me siento extraño ni entrometido en esta Casa de los Soldados Venezolanos. Mi bisabuelo paterno, el entonces coronel Juan Uslar, vino a Venezuela en 1818, con doscientos voluntarios ingleses y alemanes, a poner sus espadas al servicio de la Independencia del país y a las órdenes de Bolívar. En esa condición concurrió como jefe de la retaguardia a la Batalla de Carabobo. De modo que tuvo el insigne honor de que su carta de naturaleza de ciudadano venezolano quedara sellada con el plomo de Carabobo. Abundaron en mi familia los militares. Mi abuelo paterno, Federico Úslar, tuvo una actuación destacada en las lamentables y negativas luchas de la Federación. Mi abuelo materno fue el doctor y general Juan Pietri, hombre de gran capacidad intelectual, de apasionada dedicación a su Patria, con una afición de grandeza que topaba y contrastaba con la pequeñez taimada de los hombres con que le tocó actuar, que se había formado en las mejores universidades de Francia y que fue el nervio, el espíritu y la dirección intelectual de lo que se llamó la «Revolución Legalista» de 1892. Mi padre, Arturo Uslar Santamaría, a los 18 años entró en la Escuela Militar de la época, que era la guerra, y dedicó su vida a este empeño. Tuvo siempre gran orgullo de su condición de soldado, guardó con mucho respeto y afecto su viejo sable de oficial y, en las conversaciones familiares, hablaba con admiración y con afecto de aquellos viejos soldados de las guerras civiles con los que le tocó servir o contra los que le tocó combatir. De modo que por eso no me siento extraño en esta casa. Vengo de una herencia de soldados en mi familia y esto hace que, más allá de la comprensión histórica, sienta cierta identificación de la sensibilidad y del sentimiento.

Quiero decirles que no solamente me siento complacido por todos estos motivos de esta ofrenda sino, además «porque es hora de decirlo», es mucho lo que la democracia venezolana le debe a las Fuerzas Armadas Nacionales. No quiero con esto hacer un elogio global. Ha habido fallas. Ha habido unos hombres mejores que otros, pero en su conjunto esta democracia que tenemos, con todas las insuficiencias, ha sido posible y es posible no por la actitud pasiva y sometida de las Fuerzas Armadas, sino por la actitud voluntaria de cooperación y de fe en la causa democrática de Venezuela. Eso ha permitido que en estos treinta y tantos años la democracia venezolana no haya corrido mayores riesgos de ese lado en que tantos riesgos han corrido en toda la América Latina. Ese honor y ese reconocimiento lo merecen los soldados venezolanos, y yo me complazco en tributárselos aquí.

No podría yo venir solamente a decir un discurso de gratitud. La hora del país es importante, los problemas que nos asedian son grandes, las necesidades de soluciones inteligentes son múltiples y el mundo está cambiando ante nosotros de una manera espectacular y difícil de abarcar. Las cosas que están ocurriendo parecen pertenecer a la fantasía. Nos ha tocado presenciar en estos últimos cuatro o cinco años cosas inauditas: desintegrarse y caer el régimen soviético, derribarse el Muro de Berlín sin disparar un tiro, oír que el jefe supremo político de la Unión Soviética disuelva y declare ilegal el Partido Comunista, ver desaparecer, como por «arte de magia», aquella condición de bipolaridad que mantuvo por casi medio siglo al mundo en la angustia del holocausto nuclear.

Hemos entrado en un nuevo tiempo de inmensas posibilidades, que mal entendemos, que mal vemos, que nos cuesta trabajo realizar y medir en sus verdaderas dimensiones, y que a un país como Venezuela le impone nuevas reflexiones, y que a las Fuerzas Armadas Nacionales le impone igualmente la necesidad de lo que yo pudiera llamar una revaluación, un repensar de su misión y de su papel.

Es muy posible —está en la lógica misma de los hechos— que en los años venideros y por mucho tiempo la amenaza de una agresión militar externa hacia Venezuela disminuya hasta casi desaparecer. De modo que la misión puramente defensiva frente a la amenaza exterior va a perder importancia. No va a desaparecer, desde luego, pero no va a significar esto que la importancia de las Fuerzas Armadas en la vida nacional tenga que disminuir. Yo creo que puede aumentar y creo que puede enriquecerse con muchas otras responsabilidades y tareas que están llamadas a desempeñar.

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El país vive una época difícil económica, financiera, social y política. Son muchos los errores que hemos acumulado, son muchas las necesidades de rectificación y cambio profundo que tenemos por delante. Es mucha la necesidad de un voluntariado nacional para enfrentar los múltiples aspectos de la crisis que nos amenaza y nos rodea. En esa gran empresa las Fuerzas Armadas Nacionales tienen una misión importante. Esa misión consiste en volverse más hacia adentro que hacia afuera. Ya no es tanto el riesgo, afortunadamente nunca realizado, de una agresión militar venida de fuera contra nuestra soberanía pero, en cambio, en este momento hay grandes riesgos dentro del país con respecto a lo que pudiéramos llamar la soberanía interna, el reino de las leyes, la seguridad, la fiabilidad del destino, la esperanza razonable de que vamos hacia un futuro mejor, la necesidad de corregir a fondo muchas cosas, y en esa empresa difícil, que pide y exige una gran voluntad de servicio de todos los venezolanos, los hombres de las Fuerzas Armadas Nacionales tienen un papel irreemplazable.

Se han formado con un ideal de servicio. Tienen una vocación de servir a la Nación, viven sobre unos valores que, con todas las deficiencias y las fallas de individualidades inevitables, se han mantenido a lo largo del tiempo y los caracteriza en el fondo a todos. Puede que pequen pero saben que pecan, mientras que afuera hay quienes pecan y no saben que pecan.

Ese papel que pueden desempeñar las Fuerzas Armadas Nacionales es muy grande. Ese papel está enriquecido en este momento con estas nuevas posibilidades que este nuevo mundo que está emergiendo nos ofrece. Tenemos que asegurar la soberanía interna amenazada por el narcotráfico, amenazada por la impunidad de las invasiones pacíficas. Tenemos que salvar la heredad. Tenemos que preservar el legado histórico. Tenemos que dar casa segura, ambiente de paz, posibilidad de crecimiento a todos los venezolanos, a los de hoy y a los de mañana. Tenemos que crear un ambiente de trabajo en el país y un ambiente de seguridad que no tenemos. No podemos seguir estando abiertos a las invasiones pacíficas e innominadas, que hacen que los avances del equilibrio social se hagan cada día más difíciles y que la realidad de las fronteras desaparezca, que nos pone a la merced de todos los aventureros de todas las especies, desde el narcotraficante hasta el «garimpeiro», que quieran penetrar en el país y hacer a su guisa lo que deseen. Es una empresa de servir al país, de servir al país con el mismo sentido que hasta ahora han mantenido, de servir al país para una democracia efectiva y digna de ser vivida, para darle un destino digno de ser vivido a todos los venezolanos. Y en esa empresa las Fuerzas Armadas Nacionales tienen un papel muy importante que realizar. No pueden reducirse sencillamente a estar presentes para esa emergencia internacional que felizmente va a ser más remota e improbable cada día. La desaparición de la bipolaridad en el mundo plantea en nuevos términos las relaciones internacionales. Está surgiendo un mundo multipolar en el que la rivalidad armada va a descender, un mundo en que el papel de la guerra va a ser más escaso y más difícil, un mundo de competencias tecnológicas, económicas y científicas, un mundo en el que el juego del poder se va a realizar en otros tableros y con otro sentido.

Pero los problemas internos del país van a seguir creciendo en ese mundo. El reservorio de voluntades y el capital humano que Venezuela tiene en los hombres de sus Fuerzas Armadas debe ser utilizado y aprovechado para enfrentar esa lucha, para ayudar en ese combate, para llevar ese espíritu de servicio, esa formación disciplinada, esa fe en los grandes principios a apoyar y afirmar la empresa de Venezuela.

No creo que esto constituya ningún peligro para la democracia venezolana. Las Fuerzas Armadas Nacionales han demostrado hasta la saciedad su condición democrática y mantienen una actitud ejemplar de respeto al poder civil. Han tenido en múltiples ocasiones, algunas de ellas muy dramáticas, la oportunidad de demostrarlo y lo han demostrado. El país no tiene por qué desconfiar de los venezolanos que visten el uniforme y, lejos de desconfiar de ellos, tiene que contar con ellos. Hay allí una gran reserva de voluntades, de capacidades, de vocación de servicio que debe ser aprovechada en la gran empresa de hacer una Venezuela mejor.

Es esto lo que tendríamos que repensar todos los venezolanos. Nos cuesta mucho trabajo a los hombres evadirnos de los prejuicios, revisar las ideas recibidas, repensar con libertad las cuestiones, los problemas y las alternativas, pero las circunstancias del mundo nos piden a los venezolanos de hoy hacer ese esfuerzo, y en la medida en que lo sepamos hacer vamos a garantizarle un futuro mejor a nuestro país. En la medida en que los prejuicio, las torpezas, las pequeñeces que nos han dominado prosigan, condenaremos a Venezuela a seguir perdiendo oportunidades y ocasiones para realizar en su plenitud el gran destino que este país ha tenido prometido siempre y alcanzar el gran destino que merece por los hombres que ha producido y que sigue produciendo.

miércoles, 4 de enero de 2017

Arturo Uslar Pietri: Una pedagogía criolla

Panorama
Archivo
Las cejas y las manos de Arturo Uslar Pietri articulaban un monumental discurso en el cual la palabra Venezuela refulgía en medio de sus jardines verbales. Palabras que retrataban en sus verdes ojos un cosmos magnificente, olímpico, construido con multiplicados significantes, en una fiesta del lenguaje permanente, una cadena de lecciones que bien podrían sustentar el resurgimiento de la patria que él contribuyó a engrandecer con sus “Valores Humanos”.
Mil doscientos programas de televisión que aún hoy intervienen los infinitos paneles de la memoria, esparcida, como sus saberes heteróclitos, por su biblioteca personal, donada por disposición suya a sendas instituciones culturales de Caracas. Hay un memorial Uslar para salvar a esta nación de cualquiera de los desastres que transita, transida, en este momento histórico.
Estudioso de su vida y obra, Rafael Arráiz Lucca advierte sobre la perentoria necesidad de indagar, exhaustivamente, en este incondicional monumento a la inteligencia ejercida como un monasterio. “Sin duda, el tema sobre el que Uslar habla con mayor fruición es el de Venezuela.
A sus 94 años seguía siendo la obsesión principal de su vida intelectual, el objeto de su permanente angustia, de allí que en la comprensión de la venezolanidad, en su estudio, halle agua para su sed de respuestas sobre el país, y la naturaleza del venezolano. Más aún, en pocas personas como en Uslar se ha dado una consustanciación entre la vida del país y la propia, de tal magnitud.
Por momentos, incluso, pareciera que su vida privada estuviera supeditada a los avatares venezolanos. Desde muy joven comenzó a tejerse esta simbiosis entre el país y su vida, al punto en que la situación de aquel determina el ánimo de éste, de manera asombrosa”.
Esa voz ciclópea, como la de algún vivísimo heraldo mitológico, resplandece en sus construcciones. “Me gusta mucho descubrir sus cadencias del lenguaje poético”, susurra la estudiante de letras, Milagro Bethania, quien recita un trozo de “Escritura”, un poema de Uslar: “¿Con cuáles letras líquidas y glugluteantes se escribió agua? / ¿Con cuáles letras crepitantes escribir fuego en la franja roja y negra que avanza calcinando el bosque? / ¿Con cuáles letras translúcidas, borrosas y flotantes se escribió nada y lo invisible y nadie, cuando nadie podía saber de nadie, como de una presencia en hueco y en ausencia?“.
Un asunto de lenguaje, pero, fundamentalmente, de educación, de “paideia”, según solía nuestro sabio referir a Werner Jagger. Por eso, desde 1940, Uslar Prieti bregó institucionalmente en pos de consolidar un plan educativo integral, consolidado institucionalmente, para enseñar a pensar a la gente desde muy temprano. En esto coincidía con otro especialista en ambas materias (educación y lenguaje), Noam Chomsky, quien sostiene: “El propósito de la educación es mostrar a la gente cómo aprender por sí mismos. El otro concepto de la educación es adoctrinamiento”.
Por eso la famosa “Ley Uslar” encontró tantos escollos entre la dirigencia política venezolana de la segunda mitad del siglo pasado. Su visión sobre el asunto retumba como su voz en una catedral renacentista: “La única política económica sabia y salvadora que debemos practicar es la transformación de la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y moderna”. Sembrar el petróleo sería su lema.
Si el  sabio italiano Umberto Eco , con su partida, se convirtió en  “El último polímata”; en Venezuela, Arturo Uslar Pietri portó esa antorcha de vida. Pocos campos de la cultura le eran ajenos: la literatura, el teatro, el petróleo, la economía y la política. Polígrafo, como Rufino Blanco Fombona, escribió obras en todos los géneros y en cada una dejó un libro fundamental. En el cuento, la novela, el ensayo, la poesía, el periodismo, la publicidad y la televisión. Llama viva.
Arráiz condensó el diagnóstico de Uslar sobre el país: “Hemos sido muy dispersos, muy individualistas, muy gente de alzamientos, compare usted la historia de Venezuela con la de nuestros vecinos. Realmente era muy difícil que aquí no se cometieran muchos disparates.
La situación en el siglo XX venezolano ha sido extraordinariamente inusual y corruptora, la situación de un país pobre, muy atrasado y muy ignorante que de pronto tiene un Estado inmensamente rico, y que esa riqueza no se debe al trabajo nacional. El gobierno se convirtió en el principal agente de enriquecimiento y no hubo clase dirigente. A este país le cayó encima una montaña de recursos y no fue capaz de emplearlos medio sensatamente.”.
Uslar Pietri advirtió a Arráiz sobre esta hecatombe: “Soy muy pesimista, es que uno no ve qué puede pasar con Venezuela. No hay partidos políticos, los aparentes dirigentes que hay son una gente de muy segundo orden, estamos muy corrompidos (...) Estoy muy angustiado con esto que está pasando con este país. Este es un momento muy malo, muy peligroso, hay mucho dinero, muchísimo dinero y no hay orientación. La educación es un desastre, la política espantosa, no hay debate, el país está sin rumbo, sin destino, sin clase dirigente, hay aventureros, pícaros, gente que tira la parada...”. 
Hombre universal, en pensamiento y obra, Uslar desmintió la versión que le atribuyó la creación del vocablo “Realismo mágico”, redirigiéndolo a su gran amigo, Alejo Carpentier, quien habló de “Lo real maravilloso”. Su ensayo sobre la ciudad de Nueva York, escrito en el exilio, constituye una demoledora visión de Manhattan. Cuando retornó a su patria integró el staff de ARS, la primera agencia publicitaria en Venezuela, cuyo lema perfiló: “¡Permítanos pensar por usted!” A R.H Moreno Durán y Margarita Vidal confidenció, en una entrevista para un especial de TV: “Claro que me habría gustado ser presidente. Tenga la seguridad que muchas cosas serían diferentes en este país”.
Prosélito suyo en el Frente Nacional Democrático, Eduardo Schmilisnky, recuerda la campaña presidencial, en 1960, que lo trajo a Maracaibo. “El maestro quería hablarle a la gente de la misma manera que lo hacía en TV, cuando nos llamaba “Amigos invisibles”...Un diálogo íntimo, franco y abierto sobre los grandes problemas que sufríamos”.
El último poema de Uslar sobrecoge, por su lucidez: “Dios: tengo necesidad de hablarte, de gritar tu viejo nombre remoto, y de decirte las torpes palabras del hijo al padre, que todos han dicho, para pedir amparo y misericordia, ante la fría sombra que se avecina, ante la soledad y el miedo, ante la adivinada noche de la nada. Como si encendiera una lámpara para que el viento la apagara”.

pensamiento político de AUP

  1. Arturo Uslar Pietri (1906-2001), destacado escritor venezolano se proyecta a través de la literatura y otras modalidades expresivas, como lo son las tareas de articulista, en la prensa y revistas de circulación urbana y dentro de ese campo ocupó por mucho tiempo en la pagina A4 del periódico El Nacional, en la sección denominada Pizarrón, conformadoras de su pensamiento político.




    Desde este abundante material impreso, en este blog se recoge una muestra representativa de los planteamientos que este escritor expone, sobre la situación del país a partir del descubrimiento de los yacimientos de petróleo en suelo venezolano, hasta el resto de su vida, guiado por una constante preocupación: Sembrar el petróleo como fórmula salvadora de las dificultades económicas y sociales que vive el país.

    Los artículos seleccionados del espacio periodístico escrito por Arturo Uslar Pietri bajo el titulo Pizarrón, para la elaboración de este blog son los siguientes:

    ·        Sembrar el petróleo (1936).

    ·        LA DIMENSIÓN DE UN FRACASO (1977).

    ·        ESTADO Y NACION EN VENEZUELA (1997).

    ·        UN PAÍS ANÓMALO (1997).

    ·        VENEZUELA Y EL HIDRÓGENO (1997).

    ·        LA ESCUELA Y LA CARCEL(1998).

    Cabe destacar que esta selección obedece al interés de demostrar el pensamiento político de este intelectual se ha mantenido desde 1936 y lo cual es objetivo de este blog y por ellos se integra a los artículos de Pizarrón un publicado con el periódico Ahora, en el año indicado anteriormente.

    A través de este blog se recopila un material, que puede servir de pequeño aporte a las investigaciones que sobre este tema se escriben haciendo referencia a la obra del escritor que por sus ideas utilitarias mantiene su presencia en la historia del país. Arturo Uslar Pietri es constructor de la conciencia nacional.


    ARTÍCULOS 

    1)



    Articulo periodístico: SEMBRAR EL PETROLEO (1936)
    La riqueza pública venezolana en la actualidad depende casi totalmente del aprovechamiento destructor de los yacimientos del   subsuelo, cuya vida es limitada por razones naturales y de comercialización, la abundancia de hoy es momentánea.
    Aumentan las divisas por efecto de venta del petróleo, mientras la producción agrícola decae en cantidad y calidad, los frutos de exportación han perdido mercado externo y la ganadería empobrece por continuas epidemias y no hay un cruce adecuado de animales.
    Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía   destructiva, para crear bases sanas, amplias y coordinadas de una futura economía progresiva, que será nuestra verdadera independencia.
    Los intereses del petróleo deben cambiar, para convertirse en una apertura acelerada y fortificadora de la evolución productiva del pueblo venezolano en óptimas condiciones.


    Pensamiento político: Hay que practicar una política sabia y salvadora, que transforme la renta minera en crédito agrícola, estimule la agricultura científica, la importación de sementales, repoblar los bosques, construir canalizaciones, industrializar el campo, crear cooperativas, con estas acciones resiembra el petróleo.






























    2)

    Articulo periodístico: LA DIMENSIÓN DE UN FRACASO (1977)
    Venezuela sufre un fracaso nacional irresponsable, porque muy pocos países han tenido la oportunidad de lograr un efectivo desarrollo, porque aquí se han manejado inmensos recursos financieros y éste sólo ha servido para aumentar el índice de pobreza y el constante atraso.
    La incapacidad de la clase dirigente que viene gobernando el país es notoria, desde 1975, cuando los precios del petróleo empezaron a subir en el mercado mundial los ingresos obtenidos han sido despilfarrados.
    Venezuela debiera ser uno de los países más desarrollados de América Latina, pero la renta petrolera solo ha servido para que los gobernantes de turno la malgasten alegremente, creando un estado ineficiente torpe y sin rumbo progresivo.
    No hemos tenido un proyecto nacional, no hemos sido capaces de concebir y mucho menos de realizar un plan de verdadero progreso, lo único que se ha visto es el despilfarro de la riqueza petrolera.

    Pensamiento político: Hay que elaborar un proyecto razonable para sembrar el petróleo, porque sólo de esa manera es que el país logrará su pleno desarrollo.






























    3)
    Articulo periodístico: ESTADO Y NACIÓN EN VENEZUELA (1997)
    Venezuela fue un país pobre, poco desarrollado y con grandes carencias colectivas hasta que por el azar de la geología surgió el petróleo en nuestro suelo y comenzó el Estado a convertirse en un ente cada vez más rico y poderoso, adquiriendo autonomía frente al hecho nacional.
    Desde entonces este país no crece como productor de riqueza, sino como un país rentista, que solamente ofrece grandes oportunidades a pocos, mientras la mayor parte de la población sufre de muchas carencias y existe la amenaza de que la fuente petrolera sea desplazada por el hidrógeno.
    En los países más adelantados del mundo la gente con mayor autoridad científica trabaja por el porvenir de su país, aquí el fracaso económico y social que se vive parece no preocupar ni al estado, ni a la nación.
    Este tema debería ser motivo de reflexión para los gobernantes y las instituciones académicas y docentes del país, los altos centros de estudio, están llamados a analizar la amenaza.

    Pensamiento político: Hay que elaborar un proyecto nacional que involucre la participación del estado y la sociedad en la búsqueda de alternativas que combatan la amenaza que representa la dependencia petrolera, es necesario reducir el tamaño del estado, el gasto publico y las mil formas de subsidio que se han crecido alegremente. 





























    4)


    Articulo periodístico: UN PAÍS ANÓMALO (1997)
    En la época colonial, Venezuela era región de escasa riqueza, de reciente integración y de población reducida, aunque sus próceres (Bolívar – Miranda – Sucre) contribuyeron inmensamente con la transformación histórica de América del Sur.
    En el siglo XX Venezuela vive grandes cambios económicos, sociales y culturales, gracias a la explotación petrolera.
    La monoproducción trajo como consecuencia la disminución de otras actividades rentables para el país y la conformación de un estado mas rico, dentro de un país mas pobre
    El peligro de esta anormalidad no ha sido tomado en cuenta, ni siquiera por partidos políticos, porque ni ellos dan muestras con propuestas efectivas que puedan revertir los riesgos de una nación rentista.


    Pensamiento político: Hay que crear una conciencia efectiva del peligro de esta situación y de la necesidad de hallar alguna forma de sembrar el petróleo. 



























    5)



    Articulo periodístico: VENEZUELA Y EL HIDRÓGENO (1997)
    El país entero en todas sus estructuras sociales y en todas las actividades económicas que desarrollan dentro de él, depende fundamentalmente de la explotación petrolera.
    Venezuela se encuentra en una situación de atraso y pobreza lamentablemente, más de la mitad de la población se encuentra en estado de pobreza crítica, mientras cada día más crece el gasto público.
    Si por alguna circunstancia no difícil de prever, el volumen de la explotación petrolera descendiera siquiera un 10%, Venezuela caería en una crisis económica y social sin precedente.
    Una evidencia de esta realidad la presenta la revista inglesa The Economist (25-31-97) con la publicación de un artículo donde expone la existencia de un nuevo recurso de producción energético, que reemplazaría a la era petrolera, la cual se vería sustituida por la era del hidrógeno.

    Pensamiento político: Hay que utilizar la renta petrolera en la producción de modelos de desarrollo distintos a las del petróleo, con la participación de todos los venezolanos, desde el gobierno hasta la educación pública. Con esta idea queda explicada la frase “Sembrar el petróleo”.  





























    6)

    Articulo periodístico: LA ESCUELA Y LA CÁRCEL (1998)
    La corrupción del estado venezolano, ha causado inmensos daños a la economía del país, desde 1974 se vienen malgastando los recursos provenientes del petróleo y esta mala administración ha afectado el buen funcionamiento de las instituciones sociales claves, como son la educación y el sistema carcelario.
    A principios de este año la escuela publica vivió un conflicto huelgario por reclamos salariales y este hecho es sólo un reflejo de los grandes problemas de nuestra educación, su carácter inadecuado y deficiente está muy distante de lo que debe invertirse en la formación de un ciudadano apto para el trabajo y la vida social de un país en desarrollo.
    Otro hecho sucedido en el mes de junio del presente año, en la cárcel de Barcelona fue el motín sangriento surgido entre presos sometidos a condiciones infrahumanas de hacinamientos, situación que viven otros centros penitenciarios y que evidencian una realidad: las cárceles venezolanas son antros infernales, donde conviven en ocio y hacinamiento niños, adolescentes y veteranos del crimen.
    El funcionamiento de un país puede juzgarse socialmente por sus escuelas y sus cárceles y lo cierto es que en este país, la política no enfrenta adecuadamente los problemas que se presentan en las escuelas y las cárceles, a pesar de haberse manejado en estas últimas décadas del siglo XX inmensos recursos económicos.


    Pensamiento político: Hay que  dar un vuelco a la política económica del país, deben hacerse mayores inversiones en el mejoramiento de la educación y el sistema carcelario. 


























    Conclusiones


    Arturo Uslar Pietri demuestra en los artículos de prensa analizados, poseer un pensamiento político consistente y basado en razonamientos extraídos del diario acontecer económico y social en este país, desde el surgimiento de la bonanza petrolera.

    Su oficio de escritor lo puso al servicio de la formación de la conciencia nacional, bajo una sola consigna “Hay que sembrar el petróleo”, en cada uno de sus artículos desglosa situaciones que se proyectan como mensajes de alerta ante el problema que amenaza el despilfarro de la renta petrolera, pero no sólo se queda en la denuncia, porque ofrece alternativas de cambios si se siembra el petróleo, lo cual no es más que el invertir la riqueza que produce este mineral en obras y acciones que eleven el nivel de funcionamiento optimo de la agricultura, la educación, el sistema carcelario, etc. y erradicar la corrupción, la desigualdad social, la pobreza extrema y la indiferencia que desde el Estado, los grandes pensadores del país y el pueblo general demuestran ante una situación tan critica, que puede ocasionar una catástrofe económica y social inevitable.



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